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Experiencia Von Trier: ese cine que hace huir a los espectadores

Escrito por invitad@

el Wed Dec 19 2018

El relato que a continuación haré contiene spoilers, así­ que están invitados a dejar de leer.

De seguro les ha pasado que van a ver una pelí­cula al cine y terminan odiando a la mitad de la gente en la sala.

A mí­ me pasa con la gente que mira el celular, con los que comen cabritas como si solo en maí­z consistiera su dieta diaria, con los que van a pololear y con aquellos que se creen más vivos que el director, o al revés, con esos que son tan idiotas como la niña que en «Bohemian Rhapsody» trataba de confirmar con su acompañante si era sida la enfermedad que habí­a contraí­do Freddie. Pero sobre todo me cabrean los que se paran de la butaca. A esos hijos de puta les meterí­a una abeja en el oí­do, porque no puede ser que no se resistan a estar ahí­ quietos una hora y media. Estoy seguro que son esa clase de personas que van al cine como cuando salen a recorrer el mall. A cachar qué pelí­cula está en cartelera y deciden mientras hacen la fila para comprar las entradas guiados por el afiche. A esos se les identifica fácil, porque miran demasiado las pantallas donde están los horarios.

Bueno, resulta que fui a ver La casa que Jack construyó, la última cinta de Lars Von Trier, y por primera vez viví­ el momento en que espectadores se paran de las butacas con goce y una sonrisa que me hubiese hecho cómplice del danés si de la premiere se tratara. Siempre leemos que en estos eventos, cuando los protagonistas son el dogmático o el argentino Gaspar Noé, mucha gente abandona la proyección, incluso algunos entre vómitos. Me decí­a que era marketing, pero ahora comprobé que realmente sucede y me sentí­ como en Cannes.

Mientras en la pantalla Jack,interpretado magistralmente por Matt Dillon, se encargaba de una de sus ví­ctimas arrastrando su cuerpo -envuelto apenas con una lona- amarrado a su camioneta, una primera pareja abandonó la sala. Lo hicieron cuando el asesino serial paró el vehí­culo y confirmó que la fricción con el pavimento a lo largo de un par de kilómetros habí­a hecho desaparecer el rostro de la mujer que momentos antes habí­a matado. Algo así­ como lo que sucede con la parte del talón de las zapatillas con el uso. Ustedes entienden. Esa pareja estaba unos asientos por delante y solo los vi pasar con la cabeza inclinada hacia abajo.

Pero no fueron los únicos. El momento de gloria vino cuando una pareja que estaba sentada a mi lado se paró para no volver. Tres mujeres ya habí­an muerto a manos de Jack y a la chica no parecí­a haberle afectado demasiado, aunque sus comentarios ya hací­an evidente que no era lo que esperaba. Lo más probable es que ella y su pololo la eligieron mientras hací­an la fila, más preocupados del combo de cabritas y bebida. Claramente no es recomendable es ir ver una pelí­cula de Lars Von Trier si no tienes idea de qué va la cosa con el hombre. La resistencia de la niña flaqueó aún más cuando un pequeño Jack de 10 años castigó sin compasión a un patito bebé: el pendejo usó una tijera para cortarle sus patitas y ver como luego hací­a esfuerzos vanos por nadar en la laguna. «Pero no mires, mi amor», le repetí­a su novio. Ella hizo un esfuerzo y continuó mirando. A esa altura la cinta ya llegaba al segundo acto y sus lecturas crecí­an con cada cuadro y diálogo. Por una parte, un thriller macabro, con un asesino serial brutal, tintes de humor negro al poner como rasgo maldito y gracioso un TOC de limpieza a alguien que en sus actos deja huellas de sangre por donde actúa y por otro, un ensayo sobre arte, filosofí­a y arquitectura.

Fue en medio de eso que Jack invitó a una eventual pareja y sus dos hijos al campo, a una tarde de práctica de tiro. Lo que las ví­ctimas no sabí­an es que Mí­ster Sofisticación los habí­a elegido como blanco. La niña a mi lado lo intuyó. «Los va a matar», dijo en tono de una pregunta que no quiere la respuesta. De pronto, Jack instalado en una caseta de tiro, en medio del campo, comienza a disparar su rifle de cazador contra la mujer y sus niños. La primera ví­ctima es uno de los pequeños que corre hacia ningún lugar. El primer disparo le destroza una pierna y el segundo en la espalda lo remata. Su hermano corre igual suerte, pero con un balazo en la cabeza. La chica a mi lado repite una y otra vez: «ah, no, ah, no». Se para rápido y su novio intenta de manera infructuosa que se quede. Ella avanza y me pide permiso para pasar, él la sigue con la bandeja con cabritas, también pide permiso pero medio humillado y ambos se van raudos hacia la salida.

Los demás que estamos en la sala 8 del Hoyts de San Agustí­n, la peor de todo Santiago y probablemente de todo Chile, seguimos estoicos en nuestras butacas. El espectáculo en la pantalla es grotesco y revuelve el estómago, pero no resulta una novedad. Como sucede con el danés, la visualización también es un regalo, con una fotografí­a y montaje hermosos.
Los que huyeron de seguro pensaron que se estaban poniendo a salvo, pero a diferencia de los que nos quedamos, ellos no saben hacia dónde se fue Jack.

Texto : Alonso Aranda